Esta entrada será corta. Sólo quiero decir que, por lo que estoy leyendo y escuchando a través de gente que vive allí, el día a día en el 90% de Japón ha vuelto ya a la normalidad. Los medios de desinformación continuarán diciendo lo contrario durante un tiempo, sacando tajada de informaciones parciales y titulares amarillistas y apocalípticos dirigidos a lectores ávidos de drama, y está claro que en las cuatro prefecturas afectadas por el tsunami (Ibaraki, Miyagi, Iwate y Fukushima) la catástrofe ha sido devastadora, pero ni va a haber un segundo Chernobyl (¿alguien se ha molestado realmente en saber cómo funciona una central nuclear?), ni se va a ir el país a tomar por culo. Y por supuesto, en cuanto a mí, allí estaré en abril de 2012, como si nada hubiera ocurrido.
Lo que quería contar hoy (y es que uno ya está harto de escuchar: «ahora ya no querrás irte a Japón el año que viene, ¿no?»), es mi experiencia en este tipo de casos. Dejando a un lado los atentados terroristas contra Londres en verano de 2005, en los que murieron más de 50 personas, y entre las cuales pudimos haber estado Beleg, Pippin y yo (pues nos encontrábamos allí a la hora exacta, y en la misma estación de tren), el único sobresalto de este tipo que he vivido hasta ahora fue un pequeño temblor en Tokio durante la primera noche de nuestro viaje, este mismo invierno. En ambos casos, tardé un tiempo en darme cuenta de lo que estaba sucediendo.
Eran aproximadamente las siete de la mañana, y yo estaba despierto (puedo dormir ocho horas seguidas, como todo el mundo, pero nunca sin despertarme dos o tres veces mientras lo hago). La cama comenzó a mecerse ligeramente de un lado a otro, de repente, así que mi primera reacción fue mirar en dirección a Beleg, que dormía a mi lado, por si se había despertado. Lo que se me ocurrió en aquel momento, a modo de explicación, fue que ella se estuviera rascando violentamente (quien tenga dermatitis atópica me entenderá), nada más.
Cuando vi que la cama seguía agitándose, y que sobre ella yacía una Beleg profundamente dormida, no supe qué pensar. El temblor duró sólo unos pocos segundos, pero a mí me costó varios minutos darme cuenta de que se había tratado de un pequeño terremoto. ¿Cuál fue mi reacción? Darme la vuelta e intentar volver a dormir, deseando que pasaran un par de horas más para poder contárselo a mis dos compañeros de viaje. A día de hoy, mi hermano mayor (que estuvo en Tokio con nosotros) sigue sin creerme. Al menos, Beleg sí que me cree…
Y en cuanto a Japón, sólo me queda añadir, como ya han hecho muchos otros: 頑張って!!
2011: Terremoto y tsunami devastadores en la costa este de Japón. Crisis nuclear.
2004: Atentado terrorista en las estaciones de Atocha, El Pozo, y Santa Eugenia, en Madrid.
1997: Accidente nuclear en Japón.
1918: Se registra en Fort Riley (Kansas) el primer caso de gripe española, que matará a unos cien millones de personas en todo el mundo (aproximadamente, el 5% de la población mundial).
222: En Roma, actual Italia, la guardia pretoriana asesina al emperador Heliogábalo, borrando a continuación toda referencia a su persona de los documentos oficiales y públicos (Damnatio Memorae).
Da miedo, ¿eh? Bueno, pues no tanto, en realidad… Os reto a elegir cualquier otra fecha al azar, de entre los 365 días del año, en la que no seáis capaces de encontrar una cantidad de catástrofes similar, o incluso mayor, a la que yo he seleccionado hoy. Es más, os retaría a intentar no crear patrones entre aquello que encontréis (en este caso, los patrones serían Japón y su amenaza nuclear, porque no puede tratarse de una coincidencia, ¿verdad?). Ahí queda eso.
Para aquellos que sigan creyendo que las cosas están ahora peor que nunca (como mi abuela, por ejemplo), o para quienes piensen que el fin del mundo está cerca (¿era el año que viene o se ha vuelto a adelantar?), tengo una buena noticia: el fin del mundo está, efectivamente, cada vez más cerca. Y otra: sois cada vez más viejos, así que es más que probable que no lo veáis. Y otra más, de propina: en invierno, a veces nieva.
Tal y como nos explica el segundo principio de la termodinámica, la cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse con el tiempo. Así pues, ¿de qué nos extrañamos? ¡Si es que está todo fatal! Si pretendiera justificar algo como lo del título, siempre encontraría con qué intentarlo hacerlo. Afortunadamente, siempre habrá gente más ignorante que uno mismo, de la que poder aprovecharse. Y desgraciadamente, por otro lado, cualquier justificación que pudiera daros, sería fácilmente rebatida por cualquier persona con un mínimo de sentido común. O, al menos, con un sentido común mayor que el mío. O más común. Listos, que sois unos estafadores listos…
Cómo se nota que acabo de abrir el blog y todavía no tengo muy claro hacia dónde quiero llevarlo… De todas formas, lo peor que puedo hacer es dejar de escribir antes de haberme vuelto a acostumbrar a hacerlo, así que hasta que decida tratar un tema más consistente, me entretendré con cosas como la de hoy.
Aprovechando que mi hurón, Señor Jolly, Holly, Jolie Joli, cumple cuatro años este mes (viven entre seis y nueve años, habitualmente, pero pueden llegar a diez o doce), he decidido dedicarles esta entrada a mis tres bichos favoritos, en el orden en que aparecieron en mi vida.
Bola, nuestra perra, lleva ya más de cinco años con nosotros. El problema de no dejar a tus hijos tener animales con los que relacionarse de pequeños es que, una vez han crecido, no puedes hacer nada para evitar que cumplan ese deseo frustrado. Vamos, que se los van a comer más tarde, pero a lo bestia. Mi hermano quería adoptar una perra, y lo hizo. Mis padres, reticentes al principio, terminaron cogiéndole cariño, y actualmente Bola vive de forma permanente con ellos.
Cuando nos preguntan por su raza no sabemos muy bien qué decir, porque nunca conocimos a sus padres, pero sabemos que tiene características de pastor, de galgo, de mastín, y posiblemente de ratonero. Su personalidad, por otro lado, es tan particular como su raza. Entre nosotros, en casa, actúa como la perra más cariñosa y obediente del mundo (exceptuando la ocasional meada nerviosa), pero con los extraños (sean de la especie que sean) resulta una perra intratable, asustadiza y agitada. Es terriblemente insegura y desconfiada, algo no muy extraño en un animal abandonado, y aunque nunca ha mordido a nadie, sus ladridos han asustado a más de uno. Por suerte para todos, generalmente, la convivencia con ella es muy cómoda.
Cuando mi decisión de quedarme a vivir en Bilbao durante una larga temporada se hizo firme, decidí que, como mi hermano, yo también quería la compañía de un animal. Al no disponer del tiempo necesario para mantener un perro en un piso compartido, y sabiendo que tener un gato podía terminar siendo un poco problemático (ahora sé que no es así, pero temía por los destrozos que pudiera ocasionar en la casa, que repito, no era mía), decidirme por un hurón, un conejo, o una chinchilla, me pareció la mejor opción. Sinceramente, no había visto un hurón en mi vida, y no sabía que fuera un animal doméstico (y digo doméstico, como el perro y el gato, no «domesticado», como el león de un circo), de hecho, creía que los hurones eran «primos» de las ratas. Nada más lejos de la realidad.
Lo mejor de tener un hurón como mascota es que, aunque no te exige demasiado tiempo (duermen entre dieciocho y veinte horas al día), interactúa con su dueño como un gato o un perro. Son más independientes que los perros, pero menos que los gatos, y su inteligencia, en ocasiones, supera a la de ambos (lo que un perro aprende en días, un hurón es capaz de aprenderlo en unos pocos minutos). Es como un mono con el cuerpo de un gato paticorto y con joroba, y el tamaño de una rata gigante. Lo peor de un hurón, por otro lado, es que, además de ser muy propensos a los accidentes domésticos y a contraer enfermedades humanas (nos hemos pasado la gripe mutuamente en multitud de ocasiones, incluyendo la temida gripe A), son tercos, inoportunos, insaciables, e hiperactivos como ningún otro animal doméstico. Además, tienen complejo de urraca (raro es el día en que no encuentro unas llaves, una pinza, o un boli en alguna de las cajas o bolsas con las que juega). Eso sí, NO muerden, y si limpias regularmente la zona en la que viven, obviamente, no huelen peor que un perro o un gato.
Señor Joli (el nombre me lo sugirieron Madel y Madow), en concreto, es todo lo que se espera de un hurón. Juega constantemente y no me deja ni a sol, ni a sombra. Me sigue a todas partes, hasta el extremo de haber sido pisado o pateado en más de una ocasión, y no soporta que haga algo en su presencia sin contar con su supervisión, ya sea hacer la cama, por ejemplo, o hablar por teléfono (lo que peor les sienta a estos mustélidos es que les ignores), pero también se cansa en seguida de mis atenciones. Sólo he conseguido que se duerma en mi regazo en una ocasión, pero no dejaré de intentarlo.
Pandora ha sido la última en llegar. Llevo sólo unos meses viviendo con ella, pero es tan sociable y tan insistente que resulta imposible no cogerle cariño. Antes de llegar a casa, nos avisaron de que su carácter era un poco difícil (tiene casi nueve años), pero exceptuando algún mordisco o arañazo de marcaje, nunca de ataque directo, no ha habido mayores problemas. Creemos que la razón de su cambio de carácter es que, en su anterior hogar, vivía con un perro y varios gatos más, teniendo que compartirlo todo. Lo único que no me gusta de ella es que entra en celo cada dos por tres, convirtiendo nuestra casa en un verdadero drama operístico. Por cierto, como curiosidad, uno de sus colmillos inferiores está torcido, y tiene una pequeña herida en el ojo que no termina de cicatrizar bien.
Y ya que estamos con el tema, si pudiera elegir otro animal (aunque nunca podría darle todo lo que necesita, así que queda automáticamente descartado), sería un pteropus vampyrus, un murciélago frugívoro gigante con cara de zorro. O un aye-aye. O un perezoso. O un petauro. O un glotón. O un…
Tras varios meses de incertidumbre… ¡por fin tengo coche! Pequeño, redondo, amarillo y sonriente, como a mí me gustan:
Vale, en realidad no es «mío» (mi hermano se ha cansado de él y se lo ha vendido a mis padres), no lo tengo todavía (me faltan cuatro días para poder empezar a usarlo), y tiene unas cuantas marcas más que el de la foto (afortunadamente, no demasiadas), pero es el primer coche del que voy a poder disfrutar libre y legalmente (vamos, que me acaban de incluir en el seguro) desde que me saqué el carnet. No creo que lo pasee mucho por Bilbao, al menos por ahora, pero ya veo mi futura mudanza con otros ojos…
¿Qué puedo decir? Todos tenemos un pasado… Aunque no lo parezca, soy la misma persona en las dos fotos. Y aunque no hace falta que lo diga, intento seguir siéndolo.
NOTA: Creo que que las fechas son correctas, pero no me atrevo a asegurarlo.
Generalmente, cuando comento en voz alta mi devoción por la obra de Joss Whedon (Buffy the Vampire Slayer, Angel, Firefly, Dr. Horrible y Dollhouse, entre otras, así como varias sagas de cómics en Marvel —entre ellas, Astonishing X-Men—, y novelas gráficas en Dark Horse —Fray—), lo primero que la gente suele criticar es su cutrismo son sus rudimentarios efectos especiales (y es que nunca gozaron del mayor de los presupuestos), su atmósfera excesivamente juvenil o, directamente, las rechazan por lo poco habitual de su planteamiento y su naturaleza abiertamente friki.
En mi caso, en un principio, he de reconocer que pensaba exactamente lo mismo que todos ellos. Es más, ¿qué clase de nombre es Buffy? (¡Eh, Aphrodesia!) Sin embargo, y desgraciadamente por suerte para mí, hace años solía estar lo suficientemente aburrido y libre por las tardes como para encender el televisor durante un par de horas, y poder disfrutar así de unos cuantos episodios a la semana. Si me enganché a El Súperen su momento, casi sin darme cuenta, ¿cómo no iba a engancharme a BtVS?
Uno de los mayores talentos de Whedon, además de sus ingeniosos diálogos y su peculiar forma de jugar con el lenguaje a su antojo, hasta el punto de inventar expresiones que actualmente se consideran de uso común (como por ejemplo «bitca» —cuya traducción más correcta en castellano sería «zorrh»—, o el célebre «excuse YOU!» de Cordelia), es el de escribir personajes coherentes y atractivos, desde el protagonista con más peso, hasta el secundario más prescindible. Los extras, cada uno de los habitantes de Sunnydale, de hecho, son importantes y gozan de personalidad propia. A muchos de ellos se les permite hablar regularmente, y algunos incluso han logrado dar el salto a protagonista con el tiempo.
Por otro lado, es un verdadero maestro a la hora de sorprender al espectador con giros argumentales inesperados (¿cuántos de vosotros fuisteis capaces de adivinar que, durante la introducción del primer episodio, el vampiro era Darla, y no el chico que se encontraba con ella?), por no hablar de su sádica afición a asesinar personajes de la forma más cruel imaginable cada vez que su vida parece ir a mejor…
Hasta BtVS, ningún guionista había sido capaz de generar semejante cantidad de seguidores. Hay series de ciencia ficción que, como Star Trek, cuentan con una afición mucho más numerosa, pero no hay guionista en el mundo de la televisión (al menos, anterior a Whedon) que haya sido capaz de despertar semejante culto hacia su persona, y eso requiere talento. Hasta entonces, el éxito de las series recaía mayormente sobre los actores, los directores, o los productores (hablo del éxito, no de la causa del mismo). En este caso, sin embargo, la gente pronto dejó de considerarse buffy-adicta, para pasar a declararse fan incondicional delwhedonverso.
Dejando ahora a un lado todo esto, pasemos a hablar de la serie en sí, pues el planteamiento de BtVS es realmente sencillo. En las películas de terror, el monstruo siempre ataca a la típica chica rubia y guapa en apuros, hasta que aparece la todopoderosa musculoca de turno, la rescata de entre sus garras, y se la cepilla. Pues bien, ¿qué ocurriría si fuera esa misma chica rubia la única persona en el mundo capaz de patear el culo de cualquier monstruo que se le presentara?
Así pues, BtVS no es más que una metáfora del poder femenino (recordemos que Whedon es un feminista convencido, y defensor a ultranza de los derechos LGTB), del mismo modo en que Angel es una metáfora de la redención y de la lucha por la superación personal (un vampiro con alma no es un demonio, pero tampoco un ser humano, de tal modo que está en su mano decidir qué hacer con su vida, y hacia qué lado desea inclinar la balanza). El conflicto entre el deseo y el deber, por otra parte, y los problemas que causa intentar compaginarlos, es igualmente uno de los temas más habituales en ambas series.
Mi intención era hablar de las primeras dos temporadas de la serie en esta entrada, dejando el resto para más adelante, pero se está alargando tanto la cosa que en esta ocasión sólo hablaré de la primera, y bastante por encima…
Welcome to the Hellmouth y The Harvest:
Buffy Summers es la Asesina (en España la llamaron Cazadora, o Cazavampiros… urgh), la Elegida de su generación, la única chica en el mundo capaz de enfrentarse a los vampiros, los demonios y las fuerzas de la oscuridad. El problema es que no quiere serlo, así de simple. Prefiere dedicarse a comprar ropa, ser animadora, o ir a la peluquería. La solución, más simple si cabe, es que no le queda otro remedio, pues se acaba de mudar a Sunnydale, en California, donde se halla la mismísima Boca del Infierno, y los pocos amigos que acaba de hacer allí necesitan su ayuda. Por no hablar de que todo el mundo parece haberse dado cuenta de que hay un habitante nuevo en la ciudad. Como presentación de la serie, de sus personajes (¡Willow Rosenberg y Cordelia Chase!), y del villano (el Maestro) e hilo conductor de la temporada, no está nada mal.
The Witch:
Algunos padres intentan vivir a través de sus hijos, metafóricamente, arrebatándoles su juventud. Otros, como en este episodio, lo hacen literalmente. Además, Buffy canta Macho Man, y nos presentan a Amy, la futura rata.
Teacher’s Pet:
¿Quién no se ha enamorado alguna vez de su profesor a los quince años? Desgraciadamente, cabe la posibilidad de que, bajo su agradable apariencia, se esconda una mantis religiosa gigante que, dejándose llevar por sus instintos naturales, sea capaz de devorarte y aparearse contigo mientras sigas siendo virgen. Procura llevar siempre la grabación de un sonar de murciélago encima, por si las mantis. Y sí, lo del Chico-Tenedor es muy cutre.
Never Kill a Boy on the First Date:
¿Qué hacer si el chico de tus sueños se enamora de la única parte de tu vida que le sitúa automáticamente bajo una amenaza de muerte constante? Un ejemplo perfecto de los problemas que acarrea mezclar el placer con el trabajo.
The Pack:
Los adolescentes, sobre todo cuando van en grupo, son como una jauría de hienas. A veces, hasta se comen a sus profesores (literalmente también), por no hablar de la mascota del equipo de fútbol. Sin duda, el peor episodio de la temporada. A nadie le gustó ver a Xander convertido en un cabrón de los pies a la cabeza, haciendo sufrir a Willow y atacando a Buffy. Además, las hienas eran feísimas.
Angel:
Eres un vampiro y debería matarte, pero estás bueno (al menos a veces) y me has estado ayudando hasta ahora, así que… ¿Qué pretendes, y qué debería hacer contigo? Como decía Breathless Mahoney, en Dick Tracy: no sabes si quieres golpearme o besarme, me pasa mucho.
I Robot, You Jane:
En su perfil de internet pone que es un chico guapo, cariñoso y atento, pero ha resultado ser feo y estar mal de la cabeza un demonio robótico de la Italia medieval que se alimenta de amor y obediencia. ¿Quedo con él? Lo mejor del episodio: la ciberfobia de Giles.
The Puppet Show:
Algunos muñecos dan mucha grima, sobre todo las marionetas, y sobre todo si hablan solas. Es cierto que el miedo escénico es un verdadero asco, pero puede ser muy divertido para quienes disfrutamos desde el sofá. Uno de los mejores y más desternillantes finales que recuerdo en televisión. Verdaderamente, los actores de esta serie son increíbles.
Nightmares:
Las consecuencias de los malos tratos a menores en la Boca del Infierno pueden ser francamente desastrosas: Willow «canta» en una ópera, el Maestro se levanta, Buffy es un vampiro, Xander huye de un payaso asesino (después de haber asistido a clase en calzoncillos), y Cordelia lleva el pelo frito a lo Betty. Buenísimo.
Out of Mind, Out of Sight:
Hay gente que se siente tan ignorada que termina volviéndose invisible. Literalmente, una vez más. Sin embargo, eso no resultaría un problema si no fuera porque esa gente, además de invisible, está loca. Por cierto, la intervención del F.B.I. me sobra mucho, mucho.
Prophecy Girl:
—Maestro: Estás muerta.
—Buffy: Puedo estar muerta, pero sigo siendo guapa, que es más de lo que puedo decir sobre ti.
—Maestro: ¡Estabas destinada a morir! ¡Estaba escrito!
—Buffy: ¿Qué puedo decir? Suspendí el escrito.
Uno de los mejores episodios de la serie, y el mejor de la temporada.
Nunca he sido de los que se conforman con escribir dos o tres líneas cada varios días, pero también es cierto que mi trayectoria en esto de los blogs ha sido siempre, cuanto menos, errática.
Todavía no tengo muy claro de qué quiero hablar aquí, y no quiero comprometerme a nada, pero sé muy bien que estoy hasta el coño de Facebook, Twitter, Tumblr, Tuenti y compañía, redes en las que, como escribas más de unas pocas palabras, no te lee ni Dios que lo que he venido usando hasta ahora se me ha quedado pequeño.
Éste no va a ser un blog personal, en el sentido de que no voy a hablar de nada que no pueda leer cualquier persona (conocida o no) que llegue hasta aquí, pero en ocasiones trataré temas que, muy probablemente, sólo me interesen a mí. Lo bueno de todo esto es que sólo me leerán quienes quieran leerme, y por supuesto, que mis entradas no quedarán ocultas bajo una maraña de estados, fotos, vídeos o enlaces ajenos, a escasos cinco minutos de haberlas publicado.
Tengo unas cuantas entradas preparadas, así que no creo que tarde mucho en actualizar. La palabra clave es creo. Y no. Y mucho.
Por último, si alguno de los que leáis esto lleváis un blog y queréis que lo enlace junto a los pocos que ya están enlazados, no tenéis más que decírmelo.